Una investigación de la Universidad de Granada, la primera en España sobre personas mayores separadas o divorciadas, señala que quienes viven solas y con poco contacto familiar llegan a la vejez con carencias de apoyo y necesidades emocionales sin cubrir.
Las rupturas matrimoniales no terminan cuando acaba la convivencia. Según una investigación de la Universidad de Granada, sus efectos pueden durar décadas y convertirse en un factor de vulnerabilidad al llegar a la vejez, sobre todo entre quienes viven solas y tienen poco contacto con sus hijos o escaso apoyo social.
Cómo se hizo el estudio
Se trata del primer trabajo realizado en España sobre personas mayores separadas o divorciadas. Es un estudio cualitativo basado en entrevistas en profundidad, que analiza cómo la ruptura, las relaciones familiares posteriores y las desigualdades de género condicionan la calidad de vida actual de estas personas. Lo firman Juan López Doblas, del Departamento de Sociología, y María del Pilar Díaz Conde, del Departamento de Psicología Social, y se ha publicado en el International Journal of Sociology.
Hombres: la distancia con los hijos
Entre los hombres es frecuente que los vínculos con sus hijos se debiliten o se pierdan tras la ruptura, lo que reduce la ayuda disponible cuando aparecen problemas de salud, dependencia o dificultades para el día a día. «Se podría decir que no supieron diferenciar entre sus roles como maridos y como padres, de modo que la ruptura matrimonial también llevó a su ausencia de la escena familiar y al distanciamiento de sus hijos e hijas», señalan los investigadores.
Mujeres: más carga y menos recursos
Las mujeres afrontan una realidad distinta. Solían asumir la crianza y mantuvieron los lazos familiares con los años, pero muchas sufren consecuencias económicas por haber criado solas y por trayectorias laborales más precarias, lo que limita su acceso a apoyo profesional si necesitan asistencia o cuidados.
Soledad y salud mental
El trabajo también detecta necesidades emocionales sin cubrir. Muchas de las personas entrevistadas, sobre todo hombres, presentan síntomas de depresión y sentimientos de soledad que tienden a ocultar. «Hay quienes no tienen a nadie a quien confiar un problema o simplemente con quien hablar, por factores como el distanciamiento de sus hijos, el fracaso de nuevas relaciones de pareja o su aislamiento social. Esto les hace vulnerables a sentimientos de soledad, trastornos de salud mental y, en última instancia, a pensamientos o conductas suicidas», explican López Doblas y Díaz Conde.
Más atención social
Los autores concluyen que las separaciones y los divorcios, sea cual sea la edad a la que se produzcan, pueden tener efectos persistentes que se cronifican y cobran especial peso en la vejez, cuando aumenta la necesidad de ayuda y cuidados. Por eso consideran necesario prestar más atención social e institucional a este grupo y desarrollar intervenciones específicas que mejoren su calidad de vida.
El estudio puede consultarse en la publicación original.